Por qué llevo a mi hija a clases de ballet (y por qué yo voy también)

¿Por qué algunos piensan que tomar clases de ballet necesariamente debería convertir a sus hijas en bailarinas profesionales?; ¿acaso si llevan a sus hijos al básquet o a la natación les exigen alcanzar el nivel para irse a la NBA o a los juegos olímpicos? ¿Por qué no pensar que es para que crezcan felices, conectadas con sus emociones y saludables?

La ilusión que causa ver los hermosos espectáculos de ballet en los grandes escenarios, muchas veces, nos ha hecho pensar en que si llegamos a inscribir a nuestras hijas en clases de ballet, dejarán de lado sus estudios académicos y se dedicarán por completo a entrenarse para convertirse en bailarinas profesionales, que trabajarán en las compañías de ballet de E.U.A, Gran Bretaña, Alemania o Rusia.

Si bien es un sueño muy válido –y posible; basta ver los casos de Elisa Carrillo e Isaac Hernández—, en realidad, como padres, más bien, queremos ver a nuestras hijas crecer con un equilibrio entre los conocimientos y destrezas que aprenden en la escuela y la fuerza, balance, agudeza mental  y sensibilidad que les dan las clases de ballet.

Personalmente, recuerdo que ir cada tarde a mi clase de ballet cuando era pequeña –y ahora, de adulta–, me hacía –y me hace— muy feliz.

La ilusión de entrar en el amplio salón con la barra colocada a todo lo largo, ponerme mis zapatillas de ballet, atender las indicaciones de la maestra o maestro, colocar mis manos sobre la barra, escuchar los primeros acordes del piano y mover mi cuerpo al ritmo de la música, me trasladaban –y trasladan— a un ‘nirvana’ personal que disfruto durante una hora .

Y esa sensación de bienestar perdura durante el resto de la tarde (e, incluso, en días siguientes).

¿Si no soy profesional no vale la pena?

¿Por qué, entonces, habría que exigir, como padres que si llevamos a nuestras hijas al ballet , deberían  de convertirse en bailarinas profesionales y, si no es así, entonces no deberíamos llevarlas, porque resulta una pérdida de tiempo?

Y la misma pregunta me hago como bailarina adulta.

Difícilmente he encontrado personas que creen que llevar a sus hijas a natación o a basquetbol es una pérdida de tiempo. Al contrario: he visto cómo los animan a no temer, a flotar y mover su cuerpo, entendiendo la física del agua; a alcanzar la pelota y, si se equivocan, los alientan a volverlo a intentar.

El ballet es un proceso

De la misma manera, el aprendizaje del ballet también es un proceso. No podemos esperar que las niñas –ni las adultas— aprendan a hacer una doble pirouette en dos semanas de clases; o que realicen un grand jetté en un split perfecto, en sólo 15 días.

Como cualquier disciplina, la práctica de ballet toma tiempo y esfuerzo. La corrección y repetición de movimientos y pasos es muy importante, pues el cuerpo y la mente necesitan ser entrenados en una técnica muy demandante y, al mismo tiempo, expresiva, rítmica y artística.

Y es que el ballet es un arte-deporte-disciplina integral, que no sólo fortalece los músculos, flexibiliza tendones y equilibra el peso del cuerpo, sino que nos hace conectar con nosotras mismas, conocer quiénes somos y conectar con los demás, al expresar una emoción muy profunda y personal, al ritmo de la música.

Por eso considero que llevar a nuestras hijas a clases de ballet –o acudir, como adultos, a clases— no es una pérdida de tiempo, porque no vamos a volvernos bailarinas profesionales; sino porque es una oportunidad personal que nos brinda un desarrollo físico, artístico y emocional, a cualquier edad.

Por Aída Ojeda, maestra de alumnos principiantes en Casa de Danza.